Textos destacados

Tesoros del Conocimiento

«Sucede que el mundo sensible no es asimilable al mundo conocido o cognoscible. Solo lo es a condición de ser clarificado, es decir, integrado a un protocolo de representación. La sensación sola, muda y fugaz, no se fija en ninguna parte. Alimenta la imaginación perceptiva que va a re-presentarla de manera clara y perenne. La percepción calificada es entonces ya del orden de la representación. La sensación solo se actualiza como constitutiva del mundo a partir del momento en que la consciencia se hace cargo de ella, se la representa.
   No es entonces conveniente distinguir una imaginación perceptiva (una puesta en imagen de su percepción) de una imaginación como phantasia, para retomar la tipología de Husserl. La imaginación participa siempre del reconocimiento de un mundo conocido, incluso a riesgo de ensalzarlo y volverlo maravilloso. Así, el espacio de representación, aunque sea subversivo, es siempre un espacio de orden. Prolonga las coordenadas de un espacio conocido, lo vuelve comunicable. La sensación supone, la percepción testifica, la representación afirma. Esta última no es nunca impugnación del mundo en cuanto mundo conocido, pues solo en su seno puede ser impugnación.
   Los fantasmas, los sueños, las guerras y los amores se entrelazan, se impugnan pero se armonizan y descansan siempre en un polo inamovible: un mundo conocido que se superpone y sustituye al espacio de la representación.»

François J. Bonnet en "El infra-mundo"

«La idea de que la Naturaleza posee un potencial autoorganizativo y creativo intrínseco tiene raíces antiquísimas y poderosas. La encontramos en la tradición védica de la India, en el Tao, en Anaximandro, los pitagóricos y el neoplatonismo. Reaparece con fuerza en el Renacimiento. Constituye el eje de la concepción spinoziana de Natura naturans como manifestación de la Divinidad Inmanente. Era la idea-guía de Goethe y la gran mayoría de los filósofos del Romanticismo. Inspiró en Bergson la propuesta de un impulso vital que hace que la evolución sea, en sí, creadora. Fue fundamental para Teilhard de Chardin, que veía la materia animada por una tendencia irreflenable a la complejificación, que la orienta hacia el espíritu…
   Volvemos ahora la mirada hacia las entidades autoorganizadas presentes en el mundo (y que hacen que éste sea tal), y convertimos el reconocimiento de su realidad intrínseca en un punto de partida.
   Dicho reconocimiento no es, por lo demás, ningún dogma. Sí una exigencia de la vida, que es inseparable del ser de cada uno. El auténtico realismo es vital. Nada más triste y falso que el pretendido realismo del reduccionista que afirma que toda entidad (¿incluido él mismo?) no es más que una composición de no se sabe bien qué cosas elementales que, esas sí, existen de veras por obra y gracia de su naturaleza ciega y de su extrema pequeñez.
   Quien duda de la realidad del mundo, duda enseguida también, inevitablemente, de sí mismo y se halla a un paso de zozobrar en la psicopatología. El saber acerca de la realidad del mundo es un saber intuitivo —lo que quiere decir vital, ni más ni menos— que extiende la certeza de uno mismo y hace posible vivir. Valga como prueba in contrario el aislacionismo/solipsismo actual, cuyos síntomas y consecuencias están a la vista de todos.»

José Luis San Miguel de Pablos en "Filosofía de la naturaleza"

«La virtud intrínseca está más allá de toda especificación moral; es nuestro ser fundamental, de suerte que ser virtuoso es abstenerse de los vicios de la naturaleza caída, lo cual no impide que esa abstención pueda tomar, según las circunstancias, un aspecto de afirmación volitiva, luego de exteriorización y de actividad. En cambio, la perspectiva propiamente moral, que el jnâni o el gnóstico debe dejar atrás, busca añadir a nuestro ser obras y virtudes, y tiende con ello al individualismo; corre el peligro de poner las obras y las virtudes prácticamente en el lugar de Dios, mientras que la perspectiva jnánica, que se limita a mantener el alma en la virginidad de nuestro ser fundamental, es impersonal por el hecho de que la virtud no la ve en unas iniciativas humanas, sino en una cualidad existencial, a saber, la naturaleza primigenia e inocente de lo creado; ahora bien, ese ser fundamental, o esa naturaleza teomorfa, es una capa más profunda que el plano de la caída. La virtud, por tanto, no se disocia de la contemplación, permanece en Dios, por decirlo así; más que una voluntad de hacer, es una consecuencia de ser, y por eso se retira del plano de las oposiciones morales más que entrar activamente en su juego. Pero dejar atrás las virtudes no puede equivaler en ningún caso a una privación de virtud, sino que es, por el contrario, la liberación de las limitaciones individuales que adquieren las Cualidades divinas en el ego humano; lo que más cuenta, para Dios, es la calidad de nuestra contemplación, pues ser contemplado es para Dios una manera de ser, si cabe expresarse así, en el sentido de que el hecho de la contemplación humana es una consecuencia del ser divino.»

Frithjof Schuon en "Senderos de gnosis"

«En realidad, el panteísmo consiste en admitir una continuidad entre el Infinito y lo finito, continuidad que no se puede concebir si previamente no se admite una identidad substancial entre el Principio ontológico —que constituye el objeto para cualquier teísmo— y el orden manifestado, concepción que presupone una idea substancial, luego falsa, del Ser, o bien se confunde la identidad esencial de la manifestación y del Ser con una identidad substancial. El panteísmo consiste en eso y nada más. Pero parece que algunas inteligencias son irremediablemente refractarias a una verdad tan simple, a menos que alguna pasión o interés les fuerce a no desprenderse de un instrumento de polémica tan cómodo como es el término panteísmo, que permite arrojar una sospecha general sobre ciertas doctrinas que se consideran molestas, sin que se tenga que tomar el trabajo de examinarlas en sí mismas. Incluso cuando la idea misma de Dios no fuera más que una concepción de la Substancia universal (materia prima) y que el Principio ontológico se dejara de lado a causa de eso, el reproche de panteísmo estaría también injustificado, al ser la materia prima siempre transcendente y virgen respecto a sus producciones. Si Dios se concibe como la Unidad primordial, es decir, como la Esencia pura, nada puede serle substancialmente idéntico; pero al calificar de panteísmo la concepción de la identidad esencial, se niega al mismo tiempo la relatividad de las cosas y se les atribuye una realidad autónoma respecto al Ser o la Existencia, como si pudiese haber dos realidades esencialmente distintas, o dos Unidades o Unicidades. La consecuencia fatal de tal razonamiento es el materialismo puro y simple, pues desde que la manifestación ya no se concibe como esencialmente idéntica al Principio, la admisión lógica de este Principio no es sino una cuestión de credulidad, y si esta razón sentimentalista fracasa ya no queda otra razón para admitir algo más que la manifestación, y más en particular la manifestación sensible.»

Frithjof Schuon en "De la unidad transcendente de las religiones"

«La psicología de los hombres mediocres caracterízase por un riesgo común: la incapacidad de concebir una perfección, de formarse un ideal.
   Son rutinarios, honestos y mansos; piensan con la cabeza de los demás, comparten la ajena hipocresía moral y ajustan su carácter a las domesticidades convencionales.
   Están fuera de su órbita el ingenio, la virtud y la dignidad, privilegios de los caracteres excelentes; sufren de ellos y los desdeñan. Son ciegos para las auroras; ignoran la quimera del artista, el ensueño del sabio y la pasión del apóstol. Condenados a vegetar, no sospechan que existe el infinito más allá de sus horizontes.
   El horror de lo desconocido los ata a mil prejuicios, tornándolos timoratos e indecisos: nada aguijonea su curiosidad; carecen de iniciativa y miran siempre al pasado, como si tuvieran los ojos en la nuca.
   Son incapaces de virtud; no la conciben o les exige demasiado esfuerzo. Ningún afán de santidad alborota la sangre en su corazón; a veces no delinquen por cobardía ante el remordimiento.
   No vibran a las tensiones más altas de la energía; son fríos, aunque ignoren la serenidad; apáticos sin ser previsores; acomodaticios siempre, nunca equilibrados. No saben estremecerse de escalofrío bajo una tierna caricia, ni abalanzarse de indignación ante una ofensa.
   No viven su vida para sí mismos, sino para el fantasma que proyectan en la opinión de sus similares. Carecen de línea; su personalidad se borra como un trazo de carbón bajo el esfumino, hasta desaparecer. Trocan su honor por una prebenda y echan la llave a su dignidad por evitarse un peligro; renunciarían a vivir antes que gritar la verdad frente al error de muchos. Su cerebro y su corazón están entorpecidos por igual, como los polos de un imán gastado.
   Cuando se arrebañan son peligrosos. La fuerza del número suple a la febledad individual: acomúnanse por millares para oprimir a cuantos desdeñan encadenar su mente con los eslabones de la rutina.
   Substraídos a la curiosidad del sabio por la coraza de su insignificancia, fortifícanse en la cohesión del total; por eso la mediocridad es moralmente peligrosa y su conjunto es nocivo en ciertos momentos de la historia: cuando reina el clima de la mediocridad.
   Épocas hay en que el equilibrio social se rompe en su favor. El ambiente tórnase refractario a todo afán de perfección; los ideales se agostan y la dignidad se ausenta; los hombres acomodaticios tienen su primavera florida. Los estados conviértense en mediocracias; la falta de aspiraciones que mantengan alto el nivel de moral y de cultura ahonda la ciénaga constantemente.
   Aunque aislados no merezcan atención, en conjunto constituyen un régimen, representan un sistema especial de intereses inconmovibles. Subvierten la tabla de los valores morales, falseando nombres, desvirtuando conceptos: pensar es un desvarío, la dignidad es irreverencia, es lirismo la justicia, la sinceridad es tontera, la admiración una imprudencia, la pasión ingenuidad, la virtud una estupidez.
   En la lucha de las conveniencias presentes contra los ideales futuros, de lo vulgar contra lo excelente, suele verse mezclado el elogio de lo subalterno con la difamación de lo conspicuo, sabiendo que el uno y la otra conmueven por igual a los espíritus arrocinados. Los dogmatistas y los serviles aguzan sus silogismos para falsear los valores en la conciencia social; viven en la mentira, comen de ella, la siembran, la riegan, la podan, la cosechan. Así crean un mundo de valores ficticios que favorece la culminación de los obtusos; así tejen su sombría telaraña en torno de los genios, los santos y los héroes, obstruyendo en los pueblos la admiración de la gloria.»

José Ingenieros en "El hombre mediocre"

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