Textos destacados

Tesoros del Conocimiento

«En el macrocosmos, el Espíritu corresponde al Mundo Angélico, formado de Luz pura; y en el otro polo, está el mundo de los cuerpos, hechos de barro. Entre estos dos mundos, hay otros muchos que combinan cualidades de luz y oscuridad, Espíritu y Cuerpo, son los Mundos de la Imaginación.
   El término Imaginación se refiere a la mayor de todas las realidades intermedias, que es el Cosmos entero o el hálito del Misericordioso. Puesto que el Cosmos no es verdadero Wohud ni verdadera existencia, se encuentra en la mitad del camino. El cosmos no existe realmente, sino que se ha inducido a creer en su existencia, indica Ibn 'Arabí: Si se desligase la creación de lo Real, no sería; y si fuera idéntico a lo Real, no sería Creación.
   Si el hombre está hechizado, inducido a imaginar el mundo, su potencialidad reside en su Imaginación. El hombre es entonces constructor de su propia existencia-no existencia, es decir, constructor de su propio hechizo. Escribe Ibn 'Arabí, el hombre está atrapado en la forma de sus actos, en tanto los actos son ritualizaciones mágicas, repeticiones y fijaciones de las formas otorgadas mediante el hechizo. Pero si invertimos esta idea, es decir, si se utiliza este potencial mágico o hechicero del hombre a su favor, entonces el hombre tiene una gran responsabilidad sobre su propia existencia. Las formas imaginadas son constructoras de la propia existencia. Los seres humanos están dormidos, pero al morir despiertan, explica Ibn 'Arabí en Los Engarces de la Sabiduría. Se abre pues ante el aspirante un mundo efervescente, fluido, lleno de posibles, en el que ascender en la vía depende de la calidad y la cualidad de lo Imaginado.
   Ibn 'Arabí explica la relación entre el Wohud y las entidades por medio de la Luz y de la sombra. Identifica el reino de la sombra con el de la Imaginación, ya que la sombra se define por ambos aspectos: la Luz y las entidades inmutables. Las sombras se diferencian de la oscuridad, pues la oscuridad no es, y la sombra existe por la Luz; la sombra es reveladora, es la proyección de un objeto por medio de la luz; en cierta medida es el objeto y en cierta medida no lo es. La sombra es Barzaj entre dos límites.»

Ana Crespo en "Color y sufismo"

«Podríamos comenzar distinguiendo, como hicimos más arriba, entre magia, mito, religión, filosofía y ciencia. Se trata de una enumeración que va de menos a más en el sentido del raciocinio (explicativo), mínimo en la magia y máximo en la ciencia, pero de más a menos en el sentido del relaciocinio (implicativo), máximo en la magia y mínimo en la ciencia. El proceso diacrónico de lo mágico-mítico a lo racional-científico debe entonces corregirse con su revisión sincrónica: ya que lo que se gana en objetividad (científica) se pierde en subjetividad (mágico-mítica), y viceversa. En consecuencia, habida cuenta del continuum subjetivo-objetivo de la experiencia del hombre en el mundo, deberíamos hablar de una continuidad que va de lo interior a lo exterior, y viceversa. En esta revisión magia, mito, religión, filosofía y ciencia aparecerían como diversos modos de articulación de la realidad por parte del hombre, en un contexto que va de lo místico y sintético a lo analítico y funcional. De este modo, el pensamiento mágico-mítico no debería ya descalificarse como absurdo pensamiento primitivo, sino como el pensamiento primero o primordial humano que, como adujera C. Lévi-Strauss, trata de fundar una lógica relacional o ciencia cualitativa de lo concreto, capaz de poner en conexión analógica el conjunto de nuestra experiencia a modo de sensus communis o sentido común primario.
   Con ello tratamos de evitar el planteamiento tradicional que opone absolutamente la magia a la ciencia, el mito al logos/razón y lo prelógico a lo lógico. Naturalmente, cabe plantear la cuestión del pensamiento mágico, mítico o religioso en contraposición al pensamiento lógico, filosófico o científico, tratando de recuperar lo excluido por estos últimos y planteado precisamente por aquéllos: lo irracional o paralógico, lo subjetivo o psíquico, la experiencia del límite y lo liminal (mana, Abgrund, caos, infinito, destino). Sin embargo, esta contraposición clásica de razón e irrazón, aparte de etnocéntrica, nos lleva a disputas sin fin y a innúmeros callejones sin salida, al oponer los extremos que forman parte de una misma cadena o concatenación humana a la que pertenece tanto la implicación como la explicación, el mito y el logos, la síntesis y el análisis. Por eso proponemos aquí el término mito-logía para evitar el dualismo aludido y poder hablar legítimamente de un pensamiento relacional que, a través de un lenguaje simbólico, refiere o relata dramáticamente los avatares del sentido en el mundo del hombre.
   En este contexto podríamos hablar del mito como ese relato de fondo o cosmovisión que sirve de horizonte constitutivo de sentido a la religión como institución ritual y moral de un ethos o axiología compartida. Pero, según lo dicho, sería mejor hablar de mito-logía conjuntamente, englobando el aspecto mítico o cosmovisional y religioso o moral, pudiéndosela definir como aquel relato fundacional que relaciona los aspectos contradictorios de la experiencia humana a través de un lenguaje simbólico y dramático, capaz de exorcizar el mal implicándolo en un sentido o disposición. Lo que hace a una mito-logía tal es su intento de encajar todas las realidades, aun las inexplicables, en la gran implicación de un sentido relacional: para ello usa el simbolismo, el cual se define como la sutura (cultural) de la fisura (natural) que habita el hombre, así pues, como un lenguaje religador y, por tanto, religioso. En efecto, lo que hace sagrado algo es que esté en el lugar que le corresponde, de donde el carácter taxonómico de la mitología y la perecuación de la realidad que organiza su ritual.»

Andrés Ortiz-Osés en "La Diosa Madre"

«Jung empezó a comprender que lo que se ha llamado animismo y politeísmo no son el resultado de un antropomorfismo primitivo, meras proyecciones de imágenes en un mundo inanimado, sino al revés: los dáimones y los dioses son las imágenes divinas de los arquetipos que proceden de fuera de nosotros, es decir, de un inconsciente externo a nuestra vida consciente que además ni siquiera puede ubicarse con la menor certeza en nuestro interior. Podría tratarse, como pensaban los neoplatónicos, de una propiedad del mundo en sí, como un alma subyacente.
   Cuando Jung dijo que los arquetipos eran incognoscibles estaba siguiendo a Immanuel Kant, quien sostenía que detrás de cada fenómeno hay un nuómeno, idea que se hacía eco de la visión de Platón de que detrás de este mundo se encuentra otro de Formas ideales. Pero, paradójicamente, los arquetipos sí podían conocerse, a través de las imágenes con las que se representaban a sí mismos. Están dotados de personalidad desde el principio, afirmó Jung, y se manifiestan como dáimones, como agentes personales que se perciben como experiencias reales. Plotino sostenía algo similar: así como el alma nos conecta con las formas, los dáimones del Alma del Mundo nos conectan con los dioses; son dos maneras de decir lo mismo. Proclo fue tal vez quien mejor lo expresó: los dioses, que en sí mismos son sin forma ni figura, aparecen como dáimones, muchos de los cuales son diferentes imágenes del mismo dios. Así pues los dáimones nos vinculan a los dioses pero a la vez, desde otro punto de vista, son apariencias de los dioses.
   Una parte de nosotros —a la que llamaré espíritu— siempre piensa que existe una realidad mayor, una verdad abstracta, forma o arquetipo, detrás o más allá de las cosas aparentes. Desde el punto de vista del alma, imágenes y dáimones son la realidad, y la sensación de algo más profundo —o más allá, o detrás o por debajo— es el modo en que el alma señala su propia profundidad, al conducirnos a una percepción más intensa y mantener nuestro deseo y anhelo siempre vivo. En otras palabras, nos mantiene enamorados; y el alma se mantiene conmovida y conmoviendo.»

Patrick Harpur en "La tradición oculta del alma"

«Los escritos místicos están en el tránsito entre la palabra y el silencio. Son su umbral. Exceden a la expresión por medio de la expresión, y esto es precisamente lo que los hace tan valiosos: remiten más allá de sí mismos, pero pasar por ellos es lo que permite vislumbrar las regiones que evocan.
   Como hemos mencionado en su momento, desde Filón de Alejandría la tradición conoce diversos niveles de lectura vinculados con sucesivos estados del alma y con cualidades de la comprensión de los textos.
   El primer nivel es el literal, el cual se corresponde con la mirada atenta de la lectio. Se trata de recibir el texto, de escrutarlo y de escucharlo, incluso de obedecerlo, para captar sus inflexiones, pliegues y matices, recibiendo su fuerza y su riqueza, hecha de sustantivos, adjetivos, verbos y adverbios que dan a cada escritura una personalidad específica.
   El segundo nivel de lectura es el alegórico, el cual está vinculado con un estado más avanzado, la meditatio, que es el inicio del despertar interior. La alegoría es un espejo que permite trasladar lo que es dicho hacia lo que no es dicho, lo presente hacia lo ausente, no como un capricho o un artificio, sino como un vuelo del sentido que ha sido propiciado por la meditación. Meditación, mederein, significa tomar medidas, poner atención, cuidar de algo. Ya no se trata sólo del texto sino también, y tal vez sobre todo, de quien lo lee. Las palabras se convierten en alimento que nutre, sana, restituye. Las significaciones se gestan y despliegan lentamente, a la vez que se sienten y gustan interiormente. Se trata de un rumiaje en el que la mente y el corazón se unifican en el mismo paisaje. En este mismo estadio puede incluirse el nivel tipológico o simbólico, en el que se producen asociaciones sorprendentes, relaciones y alianzas de significados audaces que de pronto salen a la luz.
   La lectura de un texto culmina en el tercer estadio, el sentido anagógico (de ana-gogikós, conducir hacia arriba), que se corresponde con la contemplación. Está vinculado con la apertura del tercer ojo o mirada del espíritu. La letra deja paso al silencio y la palabra se desvanece, así como la contemplación trasciende la imagen que le había servido de soporte. Vertido el vino en la copa, es ya el tiempo de dejarse embriagar por él y desprenderse del recipiente.»

Javier Melloni en "Voces de la mística"

«La Shakti es el aspecto maternal de la Divinidad suprema, y es el otro en Dios, es decir, el universo, que es en Dios como una unidad pasiva, lo que llaman el Eterno Femenino. Esta Feminidad, esta Shakti, es la causa de la creación: sin la Feminidad principial, Dios no sería participable, no habría creación; el Eterno Femenino contiene el misterio de esta epifanía divina que es la creación total.
   El Dios personal, el Ser primero, denominado en la India Ishvara, recibe de Mahashakti las posibilidades de seres manifestables y los concibe en su Logos, su Verbo; en ese estadio, los seres son otros tantos modos de la esencia divina. Dios los conoce como arquetipos, es decir, imágenes capaces de participar en su esencia; pero en este nivel, los arquetipos son Dios mismo y no existe otro, ni por consiguiente creación. Para que ésta se efectúe, la actividad del Logos tiene que ejercerse sobre una alteridad; Ishvara se polariza en Purusha y Prakriti, esa alteridad necesaria que es la Materia prima, entidad misteriosa, inaprehensible, abismal. Es la Pasividad pura y universal, el Substrato universal; no es nada en sí misma, carece de forma pero recibe todas las formas. Receptividad pura, receptáculo cósmico, es ella quien, al ser distinta de la Esencia divina, permite que los arquetipos se manifiesten. En relación con la Esencia divina creadora, ella es la Sustancia universal; la Esencia creadora proyecta en ella los arquetipos, y la Sustancia es entonces fecundada y se convierte en Prakriti, la Naturaleza, la Natura naturans; es todavía la Naturaleza en el nivel principial, no manifestada en lo visible, y se la distingue de la Prakriti inferior, que es la Naturaleza efectuada. Esta Naturaleza, Prakriti, es también la Shakti que ha recibido en sí la energía creadora: pasiva con respecto a Purusha, polo activo de la creación, se hace activa con respecto al mundo, a los seres arquetípicos que proyecta en la Existencia; de potencia pasa a ser acto; en cuanto shakti, es la actividad permanente, fuente de vida en todos los niveles, es la Madre, la Madre Naturaleza, Magna Mater, Materia-Mater. Como tal, en la perspectiva politeísta, es paredro del creador. Pero como es siempre fundamentalmente Potencia pasiva, sin forma, pese a contener todas las formas, es siempre virgen, inmaculada, totalmente disponible para la acción creadora, su humilde sierva.
   Es, una vez más, una entidad misteriosa; en el fundamento de esta Feminidad, de esta unidad pasiva, es la nada pura; más para Dios esa nada está eternamente oculta por la imagen de la perfección absoluta recibida de él. Dios ve en la Naturaleza principial a su otro, un otro que presenta para él la imagen de una mujer perfecta; la Sustancia femenina eterna, dice Vladimir Soloviev, es un ser vivo espiritual, que posee la plenitud de las fuerzas, un ser no-hipostático, pero que se encuentra en busca de hipóstasis y aspira a realizarse indefinidamente: el proceso cósmico es el de la realización de esa Sustancia en un gran número de formas y de grados.
   Es también Maya, reflejo, en el grado del Ser, de la Maya del Principio supremo que antes hemos evocado: es el reflejo de la Omnipotencia del Principio en la potencialidad de la Materia prima. Es la Naturaleza en cuanto producto del Arte divino, puesto que ese es el significado exacto de Maya; también en este aspecto, su actividad se concibe a veces como un juego, el juego divino, lila, una idea que nos trae inmediatamente a la memoria el texto de los Proverbios en el que la Sabiduría aparece jugando sin cesar ante Dios. Y es que se considera que Prakriti, en sus distintos aspectos, como Shakti y como Maya, es la Sabiduría, tomada en un sentido totalmente análogo al de la tradición judeocristiana, lo cual nos traslada al mismo tiempo al misterio de la Virgen María asimilada a la Sabiduría.
   La Sabiduría o Sofía, la Santa Sofía, es en el plano más elevado el contenido del pensamiento divino, el conjunto indiferenciado de los arquetipos eternos de la Creación, los logoi, según Máximo el Confesor; cuando son proyectados en la Materia prima, ésta se convierte también en Sabiduría, la Sabiduría reflejada, también llamada Sofía de criatura, término poco adecuado, a decir verdad: mejor sería decir emanada, puesto que todavía se sitúa en el nivel principial y tan sólo se convierte en Sofía creada en su manifestación en los grados inferiores.»

Jean Hani en "La virgen negra y el misterio de María"

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