Textos destacados
Tesoros del Conocimiento

«La imaginación por sí sola no es suficiente. Precisa de unos límites y unos criterios que la guíen, lo que en cierta manera concuerda con las inquietudes de los estudiosos de la imaginación que hemos mencionado. La idea no es que la imaginación ocupe el lugar de la mente analítica y cuantitativa, del mismo modo que la mente analítica y cuantitativa no debió haber ahuyentado a su intuitiva compañera hace cuatro siglos. La idea es que colaboren o, al menos, reconozcan que se necesitan; que cada una asuma que son dos necesidades permanentes de la naturaleza humana y trabajen para darse cabida la una a la otra. Satisfacer las necesidades de una a expensas de la otra no funciona, sea cual sea la que se ponga en duda. Asfixiar la mente analítica sería un error tan grave como la marginación que hoy sufre nuestra consciencia intuitiva. De hecho, la agresiva campaña contra el tipo de conocimiento intuitivo que se llevó a cabo a comienzos del siglo XVII se explica, al menos en parte, por los impedimentos que la Iglesia había puesto previamente a la libre indagación intelectual. Una vez que le dieron rienda suelta, el espíritu inquisitivo dejó de sufrir restricciones y pudo trabajar para asegurarse de que no volverán a reprimirlo. De ahí el universo sin sentido que hoy habitamos: así es necesariamente porque el significado remite a la mente intuitiva, no a la analítica. La mente analítica y cuantitativa se ha liberado de las ataduras de la religión o de cualquier otra creencia que controla su crecimiento ilimitado. Un efecto colateral de dicha liberación es la sensación de sinsentido que impregna nuestra consciencia de inicios del siglo XXI. Si la nueva vía de conocimiento no hubiera tenido que afrontar tal oposición —y si, paradójicamente, la Iglesia no se le hubiera unido durante un tiempo para eliminar a su rival común, la ciencia hermética—, quizá se habría impuesto la vía de conocimiento que Goethe consideraba buena para nosotros, y no la que él creía nociva.»
Gary Lachman en "El conocimiento perdido de la imaginación"


«El mito de la realidad real sucumbe como un gigante con pies de barro, aunque nos resulte inaceptable: ¿cómo dejar de creer que lo que veo es lo que veo?, ¿cómo abandonar esa seguridad que me proporciona la confirmación de que lo que observo es, la angustia que me contiene, la certeza que me hace adquirir, cómo dejar todo esto? La amenaza del caos acierta su golpe frente a la estabilidad que supone el creerse objetivo, e impone su cuota de incertidumbre: somos fabricantes de lo que vemos y vemos lo que fabricamos. Reina así la subjetividad.
De esta manera, el lenguaje verbal abandona la concepción que lo erige como una mera representación del mundo, un simple (aparentemente) pero a la vez complejo nivel dentro de la comunicación. Más allá, la palabra se concibe como evocadora de imágenes y es corrompida por las atribuciones de sentido inherentes al alternativo emisor o receptor —con códigos compartidos o no— y que impregnadas de significados, inventan acciones, creando circuitos recursivos, en síntesis, construyendo realidades.
Es mi mapa el que me lleva a trazar distinciones en mi acto de conocimiento, a generar descripciones que refuerzan dichas distinciones, a producir paralelamente comparaciones, a ejecutar categorías. Son los distingos que produzco los que me llevan a puntuar secuencias y a desarrollar interacciones con este mundo, del cual soy productor activo.»
Marcelo R. Ceberio y Paul Watzlawick en "La construcción del universo"


«La posibilidad de que Dios se determine a Sí mismo, o se dé a conocer en un modo diferenciado y distintivo, es exigida por la Infinitud divina: puesto que Dios es infinito, todas las posibilidades de manifestación o teofanía están abiertas para Él. En palabras de Frithjof Schuon, la infinitud de la Realidad implica la posibilidad de su propia negación, y esta negación de Dios es precisamente el mundo creado: éste Lo niega porque limita su Realidad a prácticamente nada al imponerle las limitaciones de la forma. Rumi lo expresa así: Esa Realidad, en cuanto Realidad, no tiene ningún opuesto, sólo en cuanto forma. El mundo es opuesto porque limita a Dios con su forma, y sin embargo es Su Realidad, la única Realidad que hay.
Dios en Su automanifestación se da a conocer en distintos niveles de realidad, niveles que han sido descritos de diversas maneras por diferentes sufíes. Según una formulación, que pertenece principalmente a la escuela de Ibn' Arabí, Dios antes de la creación o antes de Su automanifestación se concibe como la Esencia, la Realidad absolutamente incondicionada. En esta fase Él está más allá de toda descripción, pero ni siquiera podemos decir esto de Él, pues hacerlo ya es en cierto sentido describirlo.»
William C. Chittick en "La doctrina sufí de Rumi"


«Esta unidad, que sirve como fundamento de la relación de la conciencia con el ser objetivo, los incluye por ello mismo a ambos y es la categoría suprema, que se basta a sí misma y no constituye el rasgo característico de ninguna esfera particular. En ella solo cabe reconocer la unidad del propio ser absoluto, para lo cual es necesario tener en cuenta que, en este orden de cosas, la unidad no es un rasgo que se añade al ser absoluto, sino la esencia misma de este último. Unidad transtemporal y ser absoluto son exactamente lo mismo. Todo lo que de una forma u otra nos resulta accesible —desde los contenidos del pensamiento al propio proceso de la conciencia— se apoya en esta unidad suprema y solo es posible a partir de ella, pues dicha unidad (el momento de unificación, de sintetización) constituye la condición que permite contemplar en su totalidad y tener conciencia de lo que sea. Que el conocimiento es una actividad de síntesis, de unificación, de inclusión del contenido inmanente en la síntesis transtemporal de la omniunidad, esto es algo que Kant ha mostrado con total claridad. En este sentido, la gran relevancia copernicana de su sistema consiste en haber visto en esta unificación no una producción, no una repetición ideal del ser objetivo, sino su fundamento mismo, de forma que las condiciones de posibilidad del conocimiento son a la vez las condiciones de posibilidad del propio objeto del saber. Pero esta unidad radical del saber y su objeto fue trasladada por Kant a la esfera subjetiva, lo cual resulta irreconciliable con el sentido de su propio descubrimiento. Y es que Kant se dejó ofuscar por la aparente ineluctabilidad del dilema según el cual los objetos, o bien deben hallarse fuera de la conciencia y, por tanto, resultar inaccesibles a esta, o bien fundarse en algo dentro de la conciencia, y entonces surgir como creación de la propia conciencia. Pero, en realidad, la unidad misma, precisamente en cuanto unidad, porta en sí la superación de esta contraposición entre fuera y dentro. El objeto, qué duda cabe, no existe fuera de la unidad, y en este sentido no es un ser autosuficiente, sino que surge a partir de la unidad, por así decir, como si ella lo engendrase. Y en la explicación de esta circunstancia se cifra el valor más profundo del idealismo trascendental, a diferencia del realismo ingenuo. Pero esto no significa que los objetos sean producción de la unidad de conciencia, o sea, que la unidad se localice dentro de los límites de la conciencia; si la unidad fuera solo un rasgo inmanente dentro de los límites de la vida de la conciencia, de ella no podría surgir el concepto de objeto trascendente. Al contrario, la unidad, en su condición de fundamento, a partir del cual el objeto trascendente surge y se distingue de la corriente inmanente de la conciencia, se eleva por encima de la contraposición entre lo inmanente y lo trascendente y, por ello mismo, sobre la contraposición entre la conciencia y el ser objetivo; justamente por ser unidad, es decir, aquello a partir de lo cual surge inicialmente la contraposición entre dentro y fuera, y por ser la condición de la interioridad de la propia exterioridad, es por lo que esta dualidad no puede aplicarse a la misma unidad. La unidad es, en consecuencia, un principio absoluto, que no se sitúa en ninguna de las partes del complejo gnoseológico: es la expresión de la naturaleza misma del ser absoluto inmediato como tal. Ser absoluto, transtemporal, y omniunidad son conceptos idénticos. Y en la medida en que la unidad transtemporal es solo una denominación de la eternidad, a ella se refieren las palabras de Plotino: La eternidad es la vida del ente en el ser, en su totalidad plena, continua, absolutamente inmutable.»
Semión Frank en "El objeto del saber"


«El entendimiento, todo aquello que puede ser pensado, no nace ni muere. Esa es la premisa aristotélica. Frente a ese fondo inmutable, las mentes individuales surgen y desaparecen, aquí y allá, sucediéndose en generaciones, linajes y pueblos. Hay un flujo continuo que va de lo eterno a lo pasajero, de la unidad a la multiplicidad. Tal es la tensión esencial que sustenta este universo hecho de imaginaciones, en el que cada intelecto, cada mente particular, encuentra su propia forma y realización entre los diversos fantasmas que componen el mundo imaginal. En ese contacto, el sujeto se determina frente a su objeto, que no es una entidad abstracta sino una aparición. Al vincularse a una imagen (y no otra), la mente hace camino. Así es como el pensamiento actúa en nosotros a través de la imaginación. Ese es el barzaj o mundo intermedio del que hablaban los sufíes, el lugar de encuentro entre el mundo inmaterial de los significados y la experiencia sensible. Un ámbito donde se funden dos temporalidades: lo inmutable o alérgico al cambio y el fenómeno pasajero. Esa doble naturaleza constituye la esencia de lo imaginal. Cuando alguien imagina, ese fantasma pertenece tanto al sujeto como al objeto imaginado. Ambos son corruptibles, pero lo imaginado goza de otra condición, participa de lo eterno porque siempre habrá alguien que imagine. De ahí la sabiduría del niño, que vive más próximo al barzaj.
La imaginación se mueve entre lo corpóreo y lo incorpóreo, entre lo concreto y lo abstracto, entre lo fugaz y lo eterno. Es el factor que mejor define lo humano, mucho más apropiado y preciso que la razón silogística. El hombre vive al mismo tiempo dentro y fuera de la naturaleza. Esa es la médula de su condición, vivir entre dos mundos. Esa tensión interna, que hace posible la vida del alma, es el resorte erótico del conocimiento. Sin ese magnetismo no podríamos conocer nada. La vida, no solo la del niño, supone una apropiación imaginativa que es al mismo tiempo una proyección hacia ámbitos no estrictamente humanos. El viaje imaginal de Dante es el ejemplo más acabado. Los ámbitos o estados de ánimo que recorre, con Virgilio, Beatriz o Bernardo de Claraval, no son solo lugares de confluencia entre lo sensible y lo inteligible, sino que miden la distancia entre el sujeto individual y el entendimiento único. Todos ellos son umbrales de realidad, todos permiten comprobar que la subjetividad humana es un aspecto externo al entendimiento.
Uno no elige sus ideas, sino que son las ideas las que lo eligen a uno. El pensamiento original es tan ilusorio como el propio. Y puesto que el pensamiento no puede trabajar sin imágenes, el individuo adquiere su realidad mediante la contemplación (su relación con el fantasma). La alforja de imágenes de cada cual es la que configura su destino y temperamento. La idea de la atribución es así desplazada por la de conjunción o encuentro. El pensamiento pasa a ser un episodio en el que el individuo es visitado por ciertas ideas (imágenes), que asimila o rechaza. Este enfoque se aplica tanto a los mitos como a las ideologías políticas y científicas. Uno se puede adherir a estas y, ya hablemos del neoplatonismo o de la física moderna, configurar con ellas su temperamento. En ambos casos se tratará de un hábito de la mente individual. Además, esas ideas ya no pertenecen a nadie en concreto, sino a un entendimiento único del cual emergen los diversos temperamentos. Hay aquí un magnetismo muy platónico que se ejerce de arriba abajo. El Intelecto, erigido en el gran Atractor de sujetos, da a cada uno su porción de ideas con las que orientar el curso de su existencia. O mejor, esa unidad se actualiza en sujetos particulares (se proyecta sobre estos), de modo que el conjunto de todos ellos reproduce la Unidad esencial del Intelecto (o entendimiento).»
Juan Arnau en "Historia de la imaginación"

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