Textos destacados

Tesoros del Conocimiento

«Las sirenas arcaicas son eminentemente depredadoras; aunque quieren competir con las Musas y el hechizo del canto las dota de cualidades órficas, difieren de Orfeo porque no promueven un tránsito de liberación. Por el contrario, están realizadas cuando capturan a sus víctimas en la red de sus deseos. Circe advierte a Odiseo: mas si tú deseas oírlas, que te aten en la velera embarcación de pies y de manos, derecho y arrimado a la parte inferior del mástil, y que las cuerdas se liguen a él; y así podrás deleitarte escuchando a las Sirenas. Y en el caso de que supliques o mandes que te suelten, átente con más lazos todavía.
   Las sirenas subyugan porque juegan con el secreto del deseo, de saber y poseer eso que no se tiene; la satisfacción de ese deseo, por cierto muy efímera, se simboliza en el instante de destrucción-descuartizamiento-muerte por inanición de la víctima. Los escollos donde viven las sirenas ostentan cadáveres de marinos secándose al sol, en postura de espera y entrega; la imaginación supone que, mientras ellas van cantando, ellos van muriendo. En su calidad de monstruos marinos, atraen hacia los estratos inferiores, operando sobre la inclinación sensual que exacerban con su misterioso canto. Así promueven que sus víctimas cedan, no a ellas, sino a su propio anhelo. Pero, su causa es también su fin, porque la atracción que sienten por los mortales consuma el principio destructivo en que se sintetiza su esencia. Esta visión sin trascendencia es opuesta al designio órfico y al uso del recurso musical.
   Las sirenas habitan una isla, rodeada de escollos, y solo pueden atraer hacia sí a los navegantes desprevenidos. Este espacio apartado las vincula con el reino de los muertos; también son consideradas diosas del más allá, que anticipan la función hermética del psicopompo, otro rasgo que le atribuye la mitología. En las islas de los afortunados, cantan a los muertos; no solo favorecen su llegada, sino que también celebran su estancia.
   La metáfora de la navegación es homogénea a la del viajero por caminos de tierra que se repite en los cuentos. Así como el duende acecha en los atajos, en los senderos que escapan a la rutina, para producir un cambio positivo, las sirenas esperan al navegante en tránsito para desviarlo de su ruta, aislarlo, atraerlo y con la tentación, limitar su vida. Si uno produce la evolución de su naturaleza, las otras provocan la interrupción del curso vital; uno extiende la vida llevándola hacia su plenitud, otras detienen y llevan a una muerte anticipada.»

Ethel Junco de Calabrese en "Presencia de lo sagrado en el cuento maravilloso"

«Se entiende generalmente que la expresión Philosophia Perennis se refiere a la verdad metafísica, que no tiene comienzo y que es la misma en todas las expresiones de la sabiduría. Quizá sería mejor o más prudente hablar aquí de Sophia Perennis, pues no se trata de construcciones mentales artificiales, como ocurre muy a menudo en la filosofía; o también, para designar la sabiduría primordial que siempre permanece fiel a sí misma, se podría usar el término Religio Perennis, dado que por su naturaleza implica en cierto sentido el culto y la realización espiritual. No tenemos fundamentalmente nada contra el término filosofía, pues los antiguos lo aplicaban a todo tipo de sabiduría auténtica; pero de hecho el racionalismo, que no tiene absolutamente nada que ver con la verdadera contemplación espiritual, ha dado al término filosofía un sentido restrictivo, de modo que nunca se puede saber a qué se está aludiendo realmente. Si Kant es un filósofo, Plotino no lo es, y a la inversa.
   La Sophia Perennis trata de lo siguiente: hay verdades inherentes al Espíritu humano, que de hecho están como enterradas en el fondo del corazón —en el Intelecto puro— y que sólo resultan accesibles al espiritualmente contemplativo; y estas verdades son las verdades metafísicas fundamentales. Tienen acceso a ellas el gnóstico, el pneumático o el teósofo —en el sentido original y no sectario de estos términos—, y también tenían acceso a ellas el filósofo en el sentido literal y todavía inocente de la palabra: un Pitágoras o un Platón, y en parte incluso un Aristóteles.
   Si no hubiera el Intelecto, el Espíritu contemplativo y que conoce de manera directa, el Conocimiento del Corazón, tampoco existiría la razón capaz de lógica; los animales no tienen razón porque son incapaces de concebir a Dios; o dicho de otro modo, si el hombre posee la razón o el entendimiento —y con ello el lenguaje— es únicamente porque en principio tiene acceso a la visión suprarracional, y por lo tanto a la verdad metafísica.
   [...]
   Puro dogmatismo y mera especulación, tal vez digan muchos. Este es de hecho el problema: una exposición metafísica aparece como un fenómeno puramente mental cuando uno no sabe que su origen no es una elaboración mental o una actitud del alma sino una visión que es completamente independiente de opiniones, conclusiones y credos y que se realiza en el puro Intelecto, a través del Ojo del Corazón. Una exposición metafísica no es verdadera por ser lógica —en su forma también podría no serlo—, sino que es lógica en sí misma, es decir, bien fundamentada y consecuente, porque es verdadera. El proceso de reflexión de la metafísica no es un soporte artificial para una opinión que hay que probar, es simplemente una descripción que se ha adaptado a las reglas del pensamiento humano; sus pruebas son ayudas, no fines en sí mismos.
   Santo Tomás de Aquino dijo que era imposible probar el Ser Divino, no porque no fuese claro, sino, al contrario, por su exceso de claridad. Nada es más necio que la pregunta de si se puede probar lo suprasensorial: porque por una parte se puede probar todo a alguien espiritualmente dotado, y por otra el que no está espiritualmente dotado permanece ciego ante la mejor de las pruebas. El pensamiento no está ahí para agotar la realidad con palabras —si pudiera hacerlo sería él la realidad, suposición contradictoria en sí misma— sino que su papel sólo puede consistir en proporcionar claves de la Realidad; la clave no es la Realidad, ni puede desear serlo, pero es un camino para acceder a ella para aquellos que pueden y quieren recorrer ese camino: y en el camino ya hay algo del fin, como en el efecto hay algo de la causa.
   No ignoramos que el pensamiento moderno, todavía llamado erróneamente filosófico, se distancia cada vez más de una lógica que se considera escolástica y trata cada vez más de determinarse psicológica o incluso biológicamente, pero esto en modo alguno puede impedirnos pensar o ser de la manera que exige la naturaleza teomórfica del hombre y por consiguiente la razón suficiente del estado humano. Hoy en día se habla mucho del hombre de nuestro tiempo y se reclama para él el derecho a determinar la verdad de este tiempo, como si el hombre fuera un tiempo y como si la verdad no fuera válida para el hombre como tal; lo que en el hombre es mudable no pertenece al hombre como tal; lo que constituye el milagro del hombre no está sujeto al cambio, pues en la imagen de Dios no puede haber aumento ni disminución. Y que el hombre está hecho a esa imagen se desprende del simple hecho de que posee el concepto de lo Absoluto. En este único concepto primordial reside toda la esencia del hombre y por lo tanto también toda su vocación.»

Frithjof Schuon en "Mensajero de la Sophia Perennis"

«A tal fin, recordemos que todas las cosmogonías tradicionales presentan una procesión del cosmos que parte de un substrato material primordial, al que se alude de varias maneras simbólicas en las literaturas sagradas de la humanidad, y que después se designa con varios términos técnicos, desde la Prakriti del Vedanta hasta la materia prima escolástica. Entre todas estas designaciones del sustrato material, la que en cierto modo es más directamente pertinente a la indagación que nos ocupa es el término griego caos; como leemos en la teogonía de Hesíodo: Verdaderamente en el comienzo, llegó a ser el caos. Lo que primero llegó a ser puede, así, concebirse como una multitud de posibilidades enfrentadas: enfrentadas debido a que en el plano de la manifestación son mutuamente incompatibles. Un bloque de mármol contiene potencialmente innumerables formas, pero el arte del escultor solo puede actualizar una de ellas. La actualización de una forma, por lo visto, requiere un acto determinativo, la imposición de un límite sobre lo ilimitado de acuerdo con el verso bíblico: Colocó su compás sobre la faz del abismo (Proverbios 9:27). El Acto cosmogenético puede, así, concebirse como un acto de medición en el antiguo sentido que es común a las tradiciones griega e hindú; Ananda Coomaraswamy explica:
   El concepto platónico y neoplatónico de medida concuerda con el concepto indio: lo no medido es lo que aún no ha sido definido; lo medido es el contenido definido o finito del cosmos, es decir, del universo ordenado; lo no mensurable es lo infinito, origen a la vez de lo indefinido y de lo finito, y permanece ajeno a la definición de lo que es definible.
   A la luz de estos conceptos tradicionales volvemos a ver que el mundo cuántico ocupa una posición intermedia entre lo medido y lo no medido: pues aunque los sistemas cuánticos están evidentemente sujetos a ciertas determinaciones —sin lo cual no se podrían concebir mecánico-cuánticamente— siguen estando insuficientemente determinados como para calificarse de contenidos definidos o finitos del universo. Según hemos indicado antes, en realidad no son cosas, lo que es decir que carecen de quididad, carecen de esencia.
   Ahora bien, es precisamente tal falta de esencia la que se manifiesta físicamente como indeterminación cuántica: sostengo que es aquí donde se encuentra el significado metafísico de la indeterminación. Lo que ha desconcertado enormemente a los físicos no es más que una marca de lo no medido. Tal marca, no obstante, demuestra ser característica de todo el mundo cuántico: el principio de incertidumbre de Heisenberg lo garantiza. Se desprende que el dominio cuántico entero constituye un substrato material con relación a lo medido, es decir, el mundo corpóreo. Sin duda, se pueden en efecto actualizar sistemas cuánticos mediante lo que hemos llamado presentación o midiendo, en sentido científico, pero hay que señalar que la actualización inevitablemente nos saca del mundo cuántico situándonos en el corpóreo, mientras que el sistema mismo permanece inmanifestado y, de hecho, inmanifestable. Se haga lo que se haga, el substrato nunca deja de ser substrato.
   Según estas consideraciones parece que la física cuántica descubre un nivel ontológico que se acerca a las aguas primordiales, que siguen ahí incluso después de que el espíritu de Dios haya soplado sobre ellas para hacer surgir nuestro mundo. Sostengo que la indeterminación cuántica —el caos parcial de la superposición cuántica— puede en efecto verse como reflejo del caos primordial, o incluso más concretamente como un resto del desorden subyacente.
   En cuanto a la actualización de un sistema cuántico por medición, hemos visto que depende de un acto de causación vertical que finalmente ha de referirse a la causalidad primaria. Se puede decir, por consiguiente, que toda medición de un sistema cuántico constituye un acto cosmogenético que participa en el Acto único de la creación. Independientemente de si los físicos se dan cuenta o no, en el fenómeno del colapso del vector de estado retoman el Acto cosmogenético, no hipotéticamente, en alguna explosión estipulada que se supone que ocurrió hace muchos miles de millones de años, sino realmente, aquí y ahora

Wolfgang Smith en "El enigma cuántico"

«La mente y los sentidos parecen separar la unidad de la Conciencia/Existencia en dos partes: en un yo y un otro, en esto y aquello, en sujeto y objeto.
   La mente y los sentidos son como un prisma a través del cual la unidad de la Conciencia/Existencia parece refractarse y dar lugar a las diez mil cosas.
   Esta capacidad de velar y ocultar que tienen la mente y los sentidos es el motivo por el que algunas tradiciones espirituales han optado por evitar el cuerpo y el mundo, al considerarlos como un peligroso reino de ilusión que hace que nuestra atención se distraiga de la unidad de la Conciencia/Existencia.
   Esta interpretación de la mente y los sentidos tiene su lugar en el proceso gradual de la comprensión, pero dado que esa clase de visión nos permite alejarnos de su poder de ocultación, en última instancia mantiene el cuerpo y el mundo a distancia, por lo que sigue perpetuando la ilusión y la dualidad.
   De hecho, en realidad la mente y los sentidos no dividen la Conciencia de la Existencia. Tan solo parece que así lo hacen.
   El mundo no tiene nada de ilusorio. Lo ilusorio es la separación que se establece entre la Existencia del mundo y la presencia de la Conciencia, y son la mente y los sentidos los que crean esta ilusión de una Existencia separada e independiente.
   La creatividad de la Conciencia es la que, a través de las facultades de la mente y los sentidos, refracta la Unidad en una danza de aparente multiplicidad.
   El tiempo es el primer lenguaje de la mente y el espacio es el primer lenguaje de los sentidos. Si eliminamos el tiempo y el espacio de la experiencia —es decir, si eliminamos los nombres y las formas— lo único que queda es la unidad de la Conciencia/Existencia. Nos queda el Ser, la Presencia atemporal y aespacial.
   El Ser resplandece en nosotros como Conciencia y en el mundo como Existencia.»

Rupert Spira en "La transparencia de las cosas"

«Todo lo visible no sólo está atravesado por lo invisible en el sentido de lo no actualmente presentado pero implicado o anticipado. Debe hacerse lugar también en el análisis a un invisible que no es lo ya no visto ni lo aún no visto, ni tampoco lo visto desde otro lugar o por otros, sino como dice B. Waldenfels, más bien una forma de ausencia que como tal pertenece al mundo, un des-ocultamiento del ocultamiento, un aparecer primordial de aquello que no puede aparecer. Correlativamente, del lado subjetivo debe reconocerse un punto ciego de la conciencia: no sólo un límite empírico y puntual sino una opacidad interna y fundamental. No se trata de una mera incompletitud que se movería entre los límites de lo actual y lo potencial, lo explícito y lo implícito, sino de lo inactualizable e inexplicitable. Atendiendo sólo al significado lato de los términos podría decirse que existe no sólo lo subconsciente o lo preconsciente, sino lo esencialmente inconsciente. La conciencia no sólo no es transparente porque su transparencia está perpetuamente contaminada por retenciones y protensiones, sino porque al ser cuerpo y comunicar así ontológicamente con la naturaleza conserva un extremo de neta opacidad. Si hemos definido con Merleau-Ponty el sentido como estructura, habría que decir que esta última noción de invisibilidad significa que todo sentido o estructura se da, en última instancia, sobre el fondo último del sinsentido o de lo no estructurado como espacio vacío que permite el despliegue y la transformación de las estructuras, el nacimiento, la novedad o la vida del sentido, y es a esta invisibilidad que remite en última instancia el significado merleaupontyano de la naturaleza. El no sentido de la naturaleza no es meramente la nada, la limitación o lo contrario del sentido puesto que aparece como fondo de todo aparecer y todo lo visible se sirve de este invisible para ser visible. Lo inconsciente, tal como es necesario definirlo desde Merleau-Ponty, es lo absolutamente opaco a la conciencia que se da como tal a la conciencia: la naturaleza no es sólo el límite de lo percibido sino también su posibilidad y su fundamento.»

Esteban A. García en "Maurice Merleau-Ponty. Filosofía, corporalidad y percepción"

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