Textos destacados
Tesoros del Conocimiento

«El Espíritu es la Revelación de la Omniposibilidad; la razón queda perpleja ante él, porque no puede encerrarlo en sus categorías limitadas: no sabe de dónde viene ni a dónde va, pues él no hace más que uno con el Infinito, cuyo Conocimiento es. La razón, en el movimiento de esta perplejidad, que disuelve todo endurecimiento mental, es arrastrada por guiamiento divino, hasta la pérdida del pensamiento en el océano sin orillas del Espíritu; éste manifiesta el Uno a la intelección distintiva bajo aspectos antinómicos para borrar en la mente toda concepción unilateral de lo único Real y para integrar el dualismo del pensamiento en el no-dualismo del Conocimiento divino.
Quien dice aspecto, dice relación: todo aspecto, cualquiera que sea, no es sino relatividad; cada aspecto se afirma a sí mismo, es decir, afirma su relación particular con lo Real y Su Omniposibilidad, pero cada uno es negado por otro aspecto, que se distingue de él y se opone a él, de tal modo que, en definitiva, el conjunto de las relatividades se suprime a sí mismo en lo Absoluto solo. Todas las haqâiq —realidades o verdades— se reflejan en el espejo de la ignorancia humana; son los rayos fulgurantes de la rueda de las cosas posibles; pero hay una verdad que no cambia jamás, la del cubo, que revela sus posibilidades latentes e inmutables por los rayos, y que mueve la rueda, sin abandonar su inmutabilidad: es la verdad de lo único Real, de lo único Posible, El cual es la Omniposibilidad —es la verdad de la Omnirrealidad, La cual es lo único Real—. El Todo es Único, y el Único es todo, dice la Risâlah: …en realidad, otro que Él no tiene existencia… la existencia de las cosas (o aspectos) y su nada es todo uno.»
Leo Schaya en "La doctrina sufí de la unidad"


«Si queremos explicar el mundo de forma exclusivamente cuantitativa, sus cualidades no podrán nunca cruzar la red. Pensar el mundo como algo exclusivamente objetivo y desprovisto de cualidades niega toda poesía y belleza a la vida, a las que relega al reino confuso —y finalmente irreal— de la subjetividad. Sin embargo, en el mundo antiguo poeta era sinónimo de sabio. Homero era el poeta, los rishis o sabios primigenios de la India eran llamados también poetas. Eran los poetas quienes percibían el sentido real de la vida; ahora han sido degradados al nivel de soñadores.
Explicar las cosas mediante el estudio de sus componentes elementales, y ver únicamente la causalidad ascendente, ya no sirve. La nueva visión debe ser holística y explicar los fenómenos partiendo de la unidad. Para Ulrich Mohrhoff, realmente no hay ningún problema en cómo una cosa puede relacionarse con otra, porque para empezar todo está relacionado. Este paradigma que explica todo de abajo arriba, la forma en que las cosas están compuestas, el modo en que interactúan… ha superado ya su fecha de caducidad. Tenemos ahora otro paradigma, que explica las cosas de arriba abajo, que empieza con el uno: solamente hay una realidad, y la cuestión es, ¿cómo se vuelve diferenciada, cómo se transforma en muchos?, ¿cómo se muestra en una miríada de aspectos? Estas son las preguntas fructíferas que hay que formular, y creo que este es el cambio de paradigma que necesitamos. No de abajo arriba, sino de arriba abajo.
Para comprender realmente el mundo en que vivimos debemos adoptar la visión contraria a la dominante en el campo de los estudios científicos de la consciencia: la consciencia es primaria, el mundo objetivo es una realidad secundaria. Los místicos lo han sostenido siempre; ya hemos visto que hoy muchos físicos también apoyan este nuevo paradigma.
La metafísica idealista fundamental, inverificable (en el sentido científico), es muy sencilla: la consciencia es la base de todo ser, y nuestra autoconsciencia es esa consciencia.
Palabras que recuerdan las de la Chandogya Upanishad: Hay una esencia sutil que es el espíritu de todas las cosas. Eso es la Realidad. Eso es el Atman. Eso eres tú.»
Avinash Chandra en "El científico y el santo"


«Esta disgresión nos ha parecido necesaria para ayudar a hacer comprender que las dos dimensiones, exotérica y esotérica, son profundamente distintas por naturaleza, y que, cuando hay incompatibilidad, no puede surgir sino debido a la primera y nunca a la segunda, que está más allá de las oposiciones por situarse más allá de las formas. Hay una fórmula sufí que ilumina con tanta claridad como concisión las diferencias de punto de vista entre estas dos grandes vías: La vía exotérica es: yo y Tú. La vía esotérica es: yo soy Tú y Tú eres yo. El Conocimiento esotérico es: ni yo ni Tú, sino Él. El exoterismo está como si dijéramos fundado sobre el dualismo criatura-Creador, al que atribuye una realidad absoluta, como si la Realidad divina, que es metafísicamente única, no absorbiese o anulase la realidad relativa de la criatura, o sea cualquier realidad relativa y extradivina en apariencia. Si bien es verdad que el esoterismo admite igualmente la distinción entre el yo individual y el Sí universal o divino, no es sin embargo más que de un modo provisional y metódico, y no en un sentido absoluto. Tomando primeramente su punto de partida en el nivel de esta dualidad, que corresponde evidentemente a una realidad relativa, el esoterismo llega a superarla metafísicamente, lo que sería imposible desde el punto de vista exotérico, cuya limitación consiste precisamente en atribuir una realidad absoluta a lo que es contingente. Llegamos así a la definición misma de la perspectiva exotérica: dualismo irreductible y búsqueda exclusiva de la salvación individual, dualismo que implica que no se considere a Dios sino desde el ángulo de Sus relaciones con lo creado, y no en su Realidad total e infinita, su Impersonalidad, que aniquila cualquier realidad aparentemente distinta de Él.
Lo que es censurable no es el hecho mismo de este dualismo dogmático, puesto que se corresponde exactamente con el punto de vista individual en el que se sitúa la religión, sino únicamente las inducciones que implican la atribución de una realidad absoluta a lo relativo. Metafísicamente, la realidad humana se reduce a la Realidad divina, y en sí misma no es sino ilusoria; teológicamente, la Realidad divina se reduce en apariencia a la realidad humana, en el sentido de que no está por encima de ella como cualidad existencial sino solamente como cualidad causal.»
Frithjof Schuon en "De la unidad transcendente de las religiones"


«Según un antiguo adagio, el hombre es para el hombre un daimon, o sea, el/lo otro, la otredad que me refleja, confina y define, de modo que sólo me conozco a través del otro. El daimon es la experiencia de mi otredad, la apertura que garantiza mi yo, la mediación entre el yo y lo otro. Hay una relacionalidad radical de lo real, cuya desrelación significa su irrealidad; y hay una correlacionalidad del hombre con el hombre, cuya descorrelación significa su inhumanidad. Sin el otro no hay yo, mas con el otro soy otro. Aquí se funda y funde el diálogo interhumano, la complicidad del hombre con el hombre como cómplice o implicado en el mismo mundo común.
El hombre como daimon significa que el hombre no es ni un diablo impuro ni un ángel puro, sino espíritu enmaterializado y materia transmaterial. El hombre como daimon es un mediador entre el ser y la nada, entre la inflación de lo real y su deflación irreal. La realidad no es evolutiva ni involutiva, sino convolutiva, porque se agita hacia delante y atrás, arriba y abajo, buscando mediaciones y remediaciones de sentido, coimplicando el espíritu y la materia en una síntesis cuyo resultado contingente es el propio hombre.
Por todo ello no hay nada unilateral, puro o esencial, pues todo es ya mezcla existencial y mestizaje cultural. La verdad no es una, como quiere el monismo, sino al menos dos entrelazadas dialógicamente. Proyectamos así un humanismo del otro, un humanismo otro ya no basado en la evolución materialista ni en la involución espiritualista, sino en la convolución de la materia y el espíritu, del yo y del otro, del Dios y el vacío. Ahora la realidad no es caos o cosmos, sino caos y cosmos: caosmos.»
Andrés Ortiz-Osés en "Lo demónico: el duende y el daimon"


«Seréis libres, en verdad, no cuando en vuestros días desaparezca la preocupación y en vuestras noches no haya un deseo ni un dolor, sino más bien, cuando estas cosas aprisionen vuestra vida y seáis capaces de elevaros sobre ellas, desnudos y sin trabas.
¿Y cómo os alzaréis por encima de vuestros días y de vuestras noches, si no rompéis las cadenas con que habéis cargado vuestro mediodía desde el alba de vuestro entendimiento?
En verdad, lo que llamáis libertad es la más fuerte de estas cadenas, aunque sus eslabones brillen al sol y os deslumbren.
¿Y qué queréis rechazar para llegar a ser libres sino fragmentos de vosotros mismos?
Si es una ley injusta la que queréis abolir, esa ley fue escrita por vuestra propia mano sobre vuestra propia frente. No podréis borrarla quemando vuestros libros ni lavando las frentes de vuestros jueces, aunque sobre ellos vertieseis la mar entera.
Y si es un déspota al que queréis destronar, mirad primero si su trono está bien destruido dentro de vosotros mismos. Porque, ¿cómo puede un tirano dominar a los libres y a los altivos si no hay tiranía en la libertad de ellos ni vergüenza en su altivez?
Y si es una inquietud la que queréis rechazar, esta inquietud ha sido más bien acogida por vosotros que impuesta por alguien.
Y si es un miedo el que queréis disipar, el centro de este miedo está en vuestro corazón y no en la mano que teméis.
En verdad, todas las cosas se mueven en vuestro ser íntimo en un constante ir y venir, las que deseáis y las que rechazáis, las que os repugnan y las que os atraen, las que perseguís y aquéllas de las cuales queréis huir. Estas cosas se mueven en vosotros como luces y sombras, en parejas estrechamente unidas. Y cuando la sombra se debilita y desaparece, la luz que en ella permanecía se convierte en la sombra de otra luz.
Y así, cuando vuestra libertad pierde sus trabas, conviértese en traba de una libertad mayor.»
Khalil Gibran en "El profeta"

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